Fundición 6 min de lectura
Deformación y distorsión en componentes de escaso espesor
Por Inytialgo ·
Una pieza de pared delgada que no cumple planicidad casi nunca se paga el día que aparece. Se paga semanas después, cuando el control dimensional empieza a separar piezas torcidas por lotes, la celda de enderezado deja de dar abasto y el cliente pregunta por qué una cota que estaba aprobada en las muestras ya no se sostiene en producción.
Y la conversación de planta vuelve siempre a los mismos sospechosos: el llenado, la aleación, el operador del turno. Pero en los componentes de escaso espesor la deformación rara vez nace ahí. Nace en el tramo final del ciclo, entre la solidificación y la expulsión, y muchas veces quedó decidida antes: en la concepción de la pieza y del molde.
En esta entrega de la serie sobre pared delgada bajamos a ese tramo: qué tensiones aparecen al extraer la pieza del molde, por qué la planicidad es la especificación que más sufre y qué margen real deja el enderezado.
La planicidad es una especificación, no un acabado
En pieza delgada, la viabilidad técnica se juega en dos frentes: el nivel de porosidad, que compromete la resistencia, y el cumplimiento dimensional, con la planicidad y la distorsión en primer lugar. Una tapa de electrónica que no asienta plana pierde la estanqueidad; una caja de batería con el faldón distorsionado no cierra contra su junta. La deformación no es un defecto estético: es funcional.
Por eso el sector sigue siendo reacio a comprometerse por debajo de los 2.5 mm de pared principal en aleaciones de aluminio (1 mm en zamak), aunque la función de la pieza en uso se cubriría con menos espesor. El límite no está en llenar la cavidad una vez: está en sostener la geometría inyectada tras inyectada, dentro de una ventana de proceso razonable. De ese marco general ya hablamos en la pieza sobre el espesor mínimo en fundición a presión; aquí nos quedamos con su capítulo dimensional.
El momento más duro de la vida de la pieza no es su uso
Hay menos consenso del que debería sobre las tensiones reales que soporta un componente durante su fabricación. Lo que sí se constata en pieza delgada es incómodo: las tensiones del desmoldeo suelen ser más altas que las que el componente verá en su uso normal dentro de la zona elástica.
Muchos de estos productos evidencian que fueron diseñados con una concepción estructural pensada solo para la vida en servicio, que obvia las tensiones de la fase de manufactura. Y es comprensible: ningún diseñador va a sobredimensionar un componente ligero para un instante que dura décimas de segundo. Pero ese instante, el del desprendimiento del molde, es exactamente donde la pieza delgada se juega la geometría. Si el diseño no lo contempla, la exigencia bascula entera hacia el fundidor: le toca resolver con el molde y el proceso lo que no se resolvió en el CAD.
Las dos curvas que compiten dentro del molde
Para atacar la causa raíz conviene mirar qué pasa entre el final del llenado y la expulsión. Ahí corren dos fenómenos a la vez, y los dos crecen con el tiempo de enfriamiento:
- La rigidez de la pieza. Al solidificar, el metal gana resistencia de forma progresiva, con una asíntota que depende de la aleación: a partir de cierto punto, esperar más ya casi no la hace más robusta.
- La adhesión contra el molde. La contracción del componente dentro de la cavidad lo aprieta contra el acero, y el esfuerzo necesario para separarlo crece de forma continua desde que arranca la solidificación.
Son dos caminos crecientes pero no necesariamente convergentes: no existe garantía de que haya un instante de expulsión en el que la resistencia de la pieza esté por encima del esfuerzo de separación en todos sus puntos. Iterar el tiempo de apertura de menos a más ayuda a acercarse al mejor punto, pero en una pieza de escasa robustez ese punto puede sencillamente no existir con el concepto de molde actual.
Los expulsores: una fuerza puntual contra un campo de adhesión
El esfuerzo de separación no se vence de forma repartida: se vence con fuerzas discretas aplicadas en la cabeza de los expulsores. Cada botador introduce un par entre su punto de aplicación y la resultante del campo de fricciones-adhesiones que se le opone, y ese par es tanto mayor cuanto más lejos quede el expulsor de donde la pieza realmente se agarra.
Cuando el balance sale mal, el resultado es la firma clásica del desmoldeo traumático: deformación permanente, grietas finas que aparecen horas después, roturas alrededor de un botador. La respuesta razonable no es engordar toda la pieza, sino reforzarla localmente alrededor de los puntos de expulsión, un trabajo donde la optimización topológica encaja de forma natural con los condicionantes de fabricación, como vimos al hablar del diseño de componentes de pared delgada.
El enderezado corrige, no resuelve
Frente a la constatación de deformaciones, se ha ido generalizando el enderezado posterior a la colada. Usado con criterio es una herramienta legítima. Confiarle la planicidad de serie es otra cosa, por dos límites que ya desarrollamos a fondo en la pieza sobre ángulos de salida y expulsión: exige llevar la aleación más allá de su límite elástico, con el margen estrecho y el riesgo de fractura que eso supone en las AlSi habituales, y solo se industrializa bien cuando la deformación es consistente, la misma inyectada tras inyectada.
Esa segunda condición es la que más se olvida. La deformación de una pieza delgada varía con las condiciones de trabajo en sentido amplio: temperatura de metal y molde, dosificación, lubricación de la superficie. Si el proceso respira, la deformación cambia, y la celda de enderezado automatizada que era robusta el martes deja de serlo el jueves. Antes de automatizar la corrección hay que estabilizar la causa.
Por dónde atacar la deformación
Del análisis anterior sale un orden de trabajo bastante claro:
- Diseñar contando el desmoldeo. Espesor uniforme, reticulado bien dispuesto y refuerzo local alrededor de los expulsores. La pieza debe sobrevivir a su extracción, no solo a su vida en servicio.
- Concebir la expulsión, no solo dibujarla. Posición y número de botadores discutidos cuando la pieza todavía es un CAD, buscando acortar la distancia entre cada fuerza puntual y las zonas de mayor adhesión.
- Elegir el instante de apertura con criterio. El tiempo de enfriamiento gobierna las dos curvas a la vez. Y en la práctica, el que suele mandar sobre ese instante es el ramal y el biscuit, cuya masa se enfría mucho más tarde que la pieza; a esa palanca le dedicaremos una pieza propia de esta serie.
- Estabilizar antes de corregir. Termorregulación, dosificación y lubricación consistentes reducen la dispersión de la deformación, que es lo que decide si el postconformado es viable.
- Simular también la fase final. La simulación de llenado está generalizada; la de solidificación, contracción y esfuerzos de expulsión es la que anticipa este problema antes de cortar acero.
Cómo empezar
Si tienes una referencia delgada con planicidad inestable, el primer paso no es comprar una enderezadora: es entender dónde nace la dispersión. En Inytialgo trabajamos las dos vías para eso: el software de simulación para fundición, para ver la solidificación y las tensiones de la extracción antes de tocar el molde, y la consultoría en fundición a presión, cuando el problema ya está en planta y hay que decidir entre retocar el herramental, el proceso o la pieza. Escríbenos y lo miramos sobre tu caso concreto.
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